1. ¿Noventa cuanto es? - versiculo 2

Para dar con Tan Dao Vien sólo había 2 formas de comunicación: digital – internet, o ir a su casa físicamente.
Tan Dao Vien odiaba a los seres humanos, lo que implicaba: asocialidad, fotofobia, odio hacia el demonio capitalista y preferencia de lo digital a lo analógico, y con esto no me refiero al formato de sus discos y películas, sino a TODO, fotos, novias, compras, mascotas, comunidades... incluso escribía un blog en el que relataba sus maliciosas aventuras por Internet (¡Oh que miedo! Jua, Jua, Jua). Decírselo por MSN podría ser peligroso ya que, si era tarde, las lavadoras podrían averiguar los planes. Eso podría ser posible ya que la coca cola no sabia a hielo, aunque también cabía la posibilidad de que no, ya que el big mac aún sabia a cartón y el que puso la coca cola podría ser novato y no estar corrupto.
Pero ir a su casa tampoco era algo sencillo, ya que Tan Dao Vien era Chino – Vietnamita y vivía en el barrio chino como era de esperar por su estereotipo de freak internauta asiático, por si no es suficiente con eso, su padre tenia un restaurante y era maestro en un ancestral y misterioso arte marcial. Lo más inteligente sería simplemente llamar diciendo que iba para allá sin comentar la causa, pero como no tenía saldo en el móvil no le quedaba más remedio que ir a su casa sin avisar.
Antes de lo previsto nuestro protagonista se plantó en el barrio chino, pero antes de entrar se quedó inmóvil; se había dado cuenta de algo, algo extraño sucedía en su cabeza, ¿las lavadoras lo habían descubierto? No, sabía que no, dentro de su cabeza oía como si un narrador fuera contando toda la historia, ¿se estaría volviendo más loco? ¿la paranoia lo estaba consumiendo?
[¡Te quieres callar joder!, no me dejas pensar, sí, el barrio chino es chungo, ¿y que? ¿también te vas a poner a contarlo como si fuera gilipollas? ] Dicho esto se dirigió hacia la calle de los restaurantes.
Tan Dao vivía encima de su propio restaurante, y esto le estaba llenando el cuerpo del glutamato que iba en el humo de la cocina haciéndole perder cada día un poco más la cabeza, aunque esto él no lo sabía. Por el camino, no le abandonó la sensación de que alguien le perseguía y que aquellos malditos amarillos no dejaban de observarle, algo que por otra parte era totalmente lógico en un paranoico que creía que las lavadoras de la mano de Microsoft someterían a la humanidad en el futuro.
Ya estaba a menos de dos calles del restaurante de Tan Dao Vien cuando 3 motos como la de John Connor en Terminator 2, con miles de caracteres japos y portando 4 chinos vestidos con un chandal amarillo como Bruce Lee (y otro más que parecía ser el cabecilla vestido de Power Ranger rojo) le cortaron el paso. [¿Irían de Cosplay?] Se preguntó así mismo el intruso occidental.
Se dio cuenta de que empezaron a merodear primero y luego a dar vueltas en círculos alrededor de él, entonces nuestro protagonista se detuvo y volvió a preguntarse qué coño querrían y porque todavía no había visto a nadie vendiendo rosas ni espadas de luz. Mientras tanto los motoristas se bajaron de las burras y se acercaron hacia él y cuando estuvieron a una distancia intimidatoria, se detuvieron y le dijeron:
- ¡Eh tu homble blanco!, ¿Tienes lo que buscamos?
- ¿Cromos de Pokémon? Sabes de sobra que la gente se deshizo de esa mierda hace tiempo, era peligrosa - estaba mintiendo, y puede que ellos lo supieran, y no sólo eso, en la bandolera que llevaba tenia mierda como para rellenar 2 álbumes, primeras, segundas, terceras evoluciones, las especiales, el pokedex, TODO, por no hablar de los Digimon, las cartas Magic, y las figuritas de WarHammer. Si la poli lo hubiera pillado, lo hubiera ejecutado allí mismo, pero aunque estos tipos no son la poli tampoco correría diferente suerte si descubren el contenido de la bandolera.
Decidió agarrar las minúsculas pelotas amarillas de los chinacas con un simple comentario de Chuck Norris, todos los chinos le temen como los judíos a Hitler desde aquella vez que con una simple patada voladora, que ni con las artes ancestrales y milenarias del padre de Tan Dao Vien podía haber echo algo, provocó un Tsunami en el sur de Asia.
- ¡Tú, reinller rojo! No sé que coño pretendes, pero no creerás en serio que me pasearía por aquí sin protección, ¿verdad? -
Tras esto el inmutable rostro del jefecillo se volvió aún más serio de lo que era por el echo de ser chino, y apuntó con sus rasgados ojos de amarillo a los ojos del homble blanco, entonces este comenzó a decir [el hombre cuyas lágrimas curan el cáncer], pero antes de que terminara un sonido de tubarros lo silenció, era una legión de Vespinos del telepizza armados con porras al más puro estilo Road Rash que empezaron a dejarse ver con claras intenciones de irrumpir en la escena. Al ver esto el pogüer reinller rojo dio órdenes de huir antes que la horda de malvados pizzeros los aplastaran como cucarachas en las cocinas de sus respectivos restaurantes, pero justo antes de marchar el reinller prometió que volvelían a velse las calas y que esa vez no escapalía, como si de un malo de un peli de kárate de chinos se tratase.
Nuestro protagonista del cual no os hemos dicho el nombre aprovechó para salir en dirección del restaurante a la velocidad que un chef oriental sin papeles prepara unos rollos de primavera en una cocina de un buffet de aquel barrio. En realidad él no tenia de que preocuparse, no era parte del menú en la cruzada que mantenían los restaurantes de comida rápida por llevarse el primer plato del servicio a domicilio, de todas formas no iba a quedarse a preguntar y tenía que retomar la misión que le había llevado allí: hablar con Tan Dao para luchar contra las lavadoras.

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