8. El capítulo final - versiculo 4
Dentro de la caja del frigorífico empezó la lucha de un hombre por salir de ella, movimientos bruscos, pataleos, golpes y puñetazos parecían indicar que una tela de araña retenía al hombre que estaba en su interior, pero no era así, bajo la mirada atónita de Tan Dao, el ser que habitaba en la caja de cartón se había metido y no podía salir.
- ¿Te ayudo? - ofertó amablemente el orientaloide.
- No, de esto puedo encargarme yo mismo... ¡juuuuiiaa! - y el cartón que antes era caja explotó quedando desparramado en el suelo liberando al preso. Para alegría del próximo reinller rojo, era Gandalf.
- Ancestrales y milenarios saludos Shin-chan - dijo Gandalf -. Necesito que hagas algo por mi - El viejo vagabundo llevó sus rodillas sobre el pecho y con un grácil movimiento de impulso, se levantó sin poner las manos en el suelo -. Acompáñame.
El viejo se dirigió hacia una puerta que se encontraba a su derecha, y el informático, decidió que haría por Gandalf lo que hiciera falta si con ello ganaba kudos con su “ama” o incluso si ayudaba a salvar al mundo, así que no dudó en seguir al carcamal. Los también milenarios pasillos de cristal de la versión de Tequila del Partenón no produjeron ningún interés en Shinji Ikary pues estaba acostumbrado a lo más milenarios todavía pasillos de los castillos de los Vien de su tierra natal que no despedían ese tufillo a capitalista como estos. A pesar de todo el capitalismo había echo cosas buenas por él, había puesto el cuero y el dolor en su vida, tampoco podía olvidar a la moza que acaba de conocer y no era capaz de sacársela de la cabeza. [¿Cual será su nombre?¿Afrodita, Layla, Angie, Motoko, Ritsuko, Amelie? ¡Cuero, cuero, cuero! ¡Dolor, dolor, dolor!], pensó Ikary.
Cada vez que pensaba en la mujer con la piel de melocotón, Ikary desconectaba de la realidad para nadar entre sus propios pensamientos ignorando lo que lo rodeaba, y de esa forma llegó a un enorme salón central donde algo que parecía un carro los esperaba. Efectivamente era un carro, pero no un carro tirado por bestias, sino el típico carro-taxis que se ve en las metrópolis chinas que funcionan con tracción humana. Al ver esto, Ikary volvió de golpe a la realidad.
- No esperarás que te lleve ¿no?, eres un respetable anciano, pero jamás un Vien ha conducido uno de estos por ser de alta estirpe y superior a los demás - aclaró Ikary.
- No te preocupes por eso Daniel-san, el dar cera-pulir cera quedó largo tiempo atrás - respondió Gandalf con una tranquilidad y una paz interior que calmaría a cualquiera.
- ¿Como? - dijo con total incredulidad Ikary.
- Ponte este sombrero - dijo Gandalf mientras le mostraba el típico gorro de los carro-taxistas chinos -, y ahora coge el toro por los cuernos.
El rostro de Cobaya-san se frunció y aceptó de mala gana las órdenes del vagabundo capitalista que seguro buscaba oprimirle por ser chino. Se puso el gorro, que no era de pensar, y agarró los dos palos de madera que servían para tirar del carro-taxi y los elevó a la altura de la cintura como millones de chinos habían hecho antes que él para llevar a cerdos occidentales a sus respectivos destinos, y a que no imagináis qué brotó del carro con suficiente intensidad como para cegar, efectivamente, luz, es algo que ha redundado bastante, pero es un clásico en las transfiguraciones demasiado arraigado en mi mente nacida en los ochenta. Seguramente esperabais que ya que Nai tiene un robot, pues a Cobaya-san le fuera a tocar lo mismo, pero no, cada uno tiene un rol en esta no me atrevería a llamarlo historia, así que el carro-taxi se convirtió en un taller en forma de de “U” dotado de materiales y herramientas de última generación con los que poder construir el arma definitiva.
- Daniel-san - comenzó a decir Gandalf -, esta es tu tarea, construir un arma nueva para asestar un duro golpe a las lavadoras, ¡Dar cera-pulir cera!.
- ¡Yokai! (De acuerdo en japonés), manos a la obra - dijo Cobaya-san mientras cerraba el puño y formaba un ángulo recto con brazo derecho.
No hay comentarios:
Publicar un comentario