9. No sé, puede que las migas - versiculo 2
Toda Bohemia era maltratada por temblores y en el cielo una explosiones parecían emerger de la nada. Entre la población desconcertada empezó a imperar el caos, unos se encerraban en sus casas, otros se agachaban y cubrían su cabeza con las palmas de las manos, y en medio de esta confusión un joven corría hasta unos hangares con el propósito de volar.
El nuevo héroe temporal era de estatura media, rubio y ojos verdes. Vestía una camiseta negra, unos pantalones anchos con enormes bolsillos a la altura de la rodilla y una mochila. Concentrado en llegar al hangar, en su camiseta se podía leer “Director de cine” y en sus ojos “Venganza” o “Matar tipos”, la verdad es que no lo sé muy bien pues he bebido demasiadas cervezas y él sólo pensaba en hacer una serie sobre el hijo de la muerte, pero lo que si puedo asegurar es que era preso del ansia y del miedo, tenía que proteger algo a toda costa, algo que sin duda le había costado sangre, sudor y lágrimas.
Ya casi estaba llegando cuando un fuerte impacto hizo caer unos derrubios del edificio junto al que corría, y estos le hicieron besar el suelo. Como era de esperar para ganar mayor dramatismo, había destrozado su hombro izquierdo, la sangre empapó la camiseta y su brazo no respondía a las ordenes del cerebro, fue entonces cuando supo que ya nunca volvería a tocar el violín. Pero no iba a llorar ahora por eso, pues tenía algo más importante que proteger, sacó un trozo de tortilla de patatas del bolsillo derecho del pantalón y se lo untó en el hombro herido. “Gracias abuela”, susurró al retorcerse de dolor, se levantó y siguió corriendo una vez atenuado el dolor. Llegó al hangar 1-B, accionó el mecanismo de apertura de la mastodóntica puerta y se adentró antes de que terminara de abrirse. Al detectar una presencia las luces se activaron iluminando totalmente el hangar. Preparada para volar había una lancha, sí, una lancha, pues las películas de acción nos han enseñado que es el vehículo más versátil. Sin pararse a reflexionar esto se subió en ella y activó todos los botones, hizo todas las comprobaciones sin demora alguna y encendió el motor. Aquello empezaba a moverse, consiguió salir del hangar sin rozarse con nada, enfiló la pista y aceleró hasta conseguir la velocidad óptima de despegue, y venció la gravedad que le ataba al suelo. Al ascender algo más de cien metros la barrera transparente que había absorbido todas las detonaciones abrió un hueco que le permitió salir para detener al causante de todo este desastre.
Ejecutó una pirueta una vez se encontró fuera del campo que le había estado protegiendo para dar caza al enemigo, un zeppelín. Mientras se dirigía hacia este, pudo comprobar que sus sospechas no andaban desencaminadas, era El Barón, el rostro, monóculo incluido, en el frontal del globo lo delataba. De la boca una lluvia de misiles se precipitaba hacía los hogares de los chupitos soñadores, pretendía destruir Bohemia tal y como hizo en el pasado con Londres, por suerte para estos la barrera aún aguantaba.
Gandalf entró a toda prisa en el salón central del Partenón, pues había dejado al amarillo hacer su trabajo, sin temor de que algo de esta magnitud pudiera pasar.
- ¡Tan Dao, rápido, tienes que hacer algo! - gritó el Blanco al ver al chino que llevaba trabajando más de 8 horas.
- ¡Necesito algo de tiempo para terminar! ¡Consíguelo Gandalf! Tú eres poderoso - le respondió el noble descendiente de los Vien.
-¡No te preocupes Krilín! - dijo Gandalf antes de marcharse a toda prisa para el exterior.
Cuando llegó afuera alzó las palmas de sus manos contra el cielo, y no para protestar contra la guerra de Irak, sino para poder lidiar la suya propia. De sus zarpas empezó a brotar una misteriosa fuerza que sirvió de refuerzo a la barrera protectora. Eso no era suficiente, tendría que acelerar la llegada del resto de Jalisco, así que le habló directamente a sus mentes: [Amigous, amigous, soy Gandalf, apremiad el paso, estamos siendo atacados y no sé si podemos resolver esto sin vosotros, ¡apremiad!]. [Yokai] dijeron al unísono los héroes en sus mentes.
- Izaskun - comenzó a decir el elegido -, el viejo me llama y no para cenar, necesito que me enseñes las artes del teletransporte para llegar lo antes posible a Bohemia, tienen problemas y me necesitan.
- Haré algo mejor que eso - respondió la hippie de nuevo con acento perfecto. Sacó algo semejante a una flauta-espada de su mochila y empezó a soplarla virtuosamente, el bramido un tanto electrónico de un dragón se extendió por el cielo y poco después hacía aparición el segundo robot de la historia sobrevolando la fortalesssa. Era verde, tenía cabeza de reptil, menos movilidad en las extremidades que los ojos de Espinete, una circunferencia en el pecho y una cola terminada en punta.
Izaskun y el tío este que nunca me acuerdo el nombre, salieron a toda pastilla al exterior.
- ¡Agárrate a mi cintura! - grito Izaskun.
- ¡Poooor supuestiiiisimo! - accedió este del no nombre y se agarró antes que ella cambiara de opinión.
Esta le sujetó el antebrazo derecho con la mano izquierda y ambos desafiaron la ley de la gravedad, volando hasta el robot gigante, y una vez dentro pusieron rumbo a Bohemia.
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