3. Seguero resentido - versiculo 3
- ¿Siiiiii? - dijo Nai imitando la voz de su difunta abuela que en paz descanse.
- Somos del Comilón Barrigón IV, le traemos las doce hamburguesas y nueve perritos que ha pedido.
- Ayyyyy hijo, esperateme un ratito, que es que se está el portero roto y no se puede abrir, pero yo ahora mismito bajo con la llave y te abro la puerta.
Tras risas maliciosas, el portero volvió a sonar y no una, sino decenas de veces a medida que iban llegando los repartidores. Cuando los de abajo estuvieron lo bastante enfurecidos, el portero parecía el silbato de un brasileño en carnavales y decidieron que era el momento de escabullirse. Buscaron en un armario un par de pantalones de chándal lo más roto que hubiera, se pusieron un par de cascos de la inexistente moto del protagonista en el codo y cogieron cada uno un par de bolsas que llenaron de objetos liados en papel. Bajaron las escaleras y llegaron al portal. Cogieron aire, pusieron cara de fracasados y salieron.
Bolsas y bolsas por el suelo, comida desparramada y adolescentes con acné gritando desesperados. Entre ellos, dos héroes, dos valientes que se abrían paso con éxito. Estaban a punto de alcanzar la calle de al lado cuando se hizo el silencio. Asustados, se dieron la vuelta. Justo ante ellos un macarrilla con una camiseta que decía “Showarmas Augusto” comenzó a tener espasmos, como el Último Guerrero con el baile de San Vito. Los dos chusmas de su lado presentaban los mismos síntomas. Ante el asombro de todos, su cuerpo y sus ropas se transformaron, sus Vespinos se volvieron rojas, ahora eran telepizzeros.
- ¿A donde creéis que vais? - dijo uno de ellos - ¿es que no habéis aprendido la lección? Da igual lo que diga el Agente Forjador, aunque seáis simples moscas molestas yo mismo acabaré con vosotros - acto seguido dio un triple salto mortal y atacó a Nai y acompañante.
Espalda contra espalda esquivaban y bloqueaban los sucesivos ataques de los incansables esbirros de las lavadoras. Por sus movimientos, y por el horrible sonido que salía de sus gargantas, no parecían humanos, ni siquiera orcos. Más bien parecían adversarios segundones en series de televisión de bajo presupuesto. Pero eran duros de vencer. Pronto vino a la mente de nuestro leading role el recuerdo de cuando estaba en casa de Tan Dao.
[¡¡Pero qué hago yo esquivando como una maricona, si yo sé Kung Fu!!] y utilizó su arte depurado durante siglos para subirle los huevos hasta la garganta al contrincante mas cercano, este, al recibir el golpe, dijo algo así como “grglrrlgl”, se iluminó, y explotó desapareciendo sin dejar rastro.
- ¿Has visto, Nai? ¡Ése es su punto débil!
Y el signo de la batalla cambió. Lucha tras lucha, los más fieros guerreros del pasado estarían orgullosos de estos dos maestros del kung fu. Eso sí, de vez en cuando cambiaban de pierna para no cansarse. La mala noticia era que cada vez había más y mas, cuando desaparecía uno, un pobre repartidor se transformaba en telepizzero y vuelta a empezar. De pronto los telepizzeros retrocedieron, cosa que aprovecharon los defensores de la humanidad para sentarse y recobrar el aliento. Tras un baile extraño, los diablos rojos se agruparon de tres en tres, y dando un viscoso aunque sensual espectáculo sus cuerpos se unieron dando lugar a otros guerreros, a todas luces mas poderosos. Su aspecto era igual que el de los anteriores, sólo les cambiaba el color del pelo, de los zapatos, y que éstos llevaban una huevera con pinchos.
- Estamos acabados - lamentó Nai.
- Sí, y además esta gente nos va a dar una paliza - le replicó su compañero.
A paso lento, los telepizzeros de nivel 2 se acercaban hacia sus víctimas, con cara burlona y crujiéndose los nudillos. Fue entonces cuando se oyó el sonido de unas motos. No eran las vespineras, sonaban incluso peor.
Al fondo aparecieron dos chinos disfrazados de Bruce Lee, y entre ellos, un tío disfrazado de reinller rojo, que atacaron frontalmente a los telepizzeros. Tanto el fontanero pordiosero como... el otro, sabían que era momento de escapar. Debían darse prisa, los nuevos aliados no podrían aguantar mucho tiempo. Cuando el reinller rojo vio que el elegido y su acompañante escapaban, levantó un brazo hacia el cielo y gritó:
- ¡¡¡Por la resistencia!!! –
A esto, el héroe respondió el saludo emocionado. Uno de los telepizzeros, malherido, se acercó al compartimiento trasero de una Vespino. Tras un ruido casio-ochentero, éste se abrió. Metió la mano y en un rápido movimiento lanzó una pizza al aire que seccionó la cabeza del reinller.
- ¡¡¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!! - gritaba Nai, que pese a no conocerlo de nada era un hombre muy sensible y le afectaban estas cosas.
Mientras tanto su amigo le tiraba del brazo para que huyeran en ese mismo momento. Escucharon el sonido de pizzas volando en su dirección: una seccionó una farola, algunas se clavaban en las paredes. Súbitamente, todo este ataque cesó. Por fin estaban libres.
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