10. Sin alcohol no hay diversión - versiculo 2
- F... - intentó decir Tan Dao, interrumpido por una nueva patada, esta vez de Nai.
- FFF...Flamenco, baila Flamenco. Las máquinas odian el flamenco - dijo el astuto fontanero.
- Bueno, ese es un tema del que quería hablar. Las máquinas. Aquí ya tenemos suficientes problemas, no queremos romper el frágil equilibrio de Tequila por el miedo de unos pocos humanos. No tenemos ningún indicio de que las lavadoras piensen atacar Bohemia.
- ¿Ah, no? - preguntó el literal hijo de perra, que había llegado el último y realmente no se había enterado casi de nada - ¿no eran las lavadoras las que estaban atacando la ciudad?
- ¿las lavadoras? - repitió Oniria con cara de duda - ¿no habrá sido uno de nuestros enemigos locales? ¿no habla la gente de un zeppelín?
- ¡¡¡NO!!! - gritó Gandalf dando un salto y poniéndose nuevamente en pie -, Fueron las lavadoras. Que hijas de puta - y muy disimuladamente guiñó un ojo a Nai, que a su vez guiñó a Tan Dao, que guiñó a Izaskun y a Gandalf, que se guiñaron entre ellos, etc. Seguidamente se taparon la boca con los dedos y rieron maliciosamente, jujujujuju.
- Sssii... - habló el bastardo perruno al comprenderlo - fue una lavadora... una lavadora gigante... - y utilizó la palabra “gigante”, típico recurso de las historias mediocres en las que la evidente falta de imaginación de los autores se pone de manifiesto al intentar transmitir la peligrosidad de algo o alguien, relatando así enemigos “gigantes”, robots “gigantes”, monstruos “gigantes”, etc.
- No sé por qué pero no llego a fiarme del todo - comentó Su Señoría, que venciendo el tópico, era rubia pero inteligente -. Manden traer a los testigos.
En cuestión de segundos, varios guardas abrieron la puerta, por la que pasaron 122 chupitos, supuestos testigos del vil ataque. Se apretujaron como pudieron, ya que el salón no tenía aforo ni para 30 personas y aquello parecía un vagón de metro de Japón, o cualquier autobús con destino a la universidad en Octubre. El bullicio se calmó cuando habló su líder:
- Ciudadanos míos, por favor, contadme qué habéis visto
- Aaj... jumm.. griijiepiiiii... - todos los testigos comenzaron a tener convulsiones, que cesaron simultáneamente, y quedaron todos de pié, inmóviles, como zombis, con los ojos bizcos y la baba cayendo -. Su señoría, vimos una lavadora gigante - dijeron todos sospechosamente al unísono -, iba volando y disparando misiles, al tiempo que decía “jódete Bohemia, jódete Bohemia, os vamos a destruir” y “los pechos de Oniria son operados, seguramente en la misma clínica donde se compró esa peluca”.
El líder de los héroes humanos, tras flipar con el coro de testigos, fijó su mirada en Izaskun que, oculta en la sombra, movía la mano como el ventrílocuo que maneja a un muñeco, con los ojos cerrados y en un aparente trance. Su motor mental powered by EGB le dijo que sin duda, aquella bruja que le había conquistado les había vuelto a salvar del fracaso. Siguió observándola, ajeno a todo lo que seguía pasando a su alrededor; ni los rayos ni la tormenta que parecía desencadenarse ahora en el techo le hacían apartar la mirada de esa media sonrisa que adornaba la cara de la hechicera. Se levantó, dio unos pasos. Extendió su mano para coger la de ella. Tras unos segundos en que se cruzaron miradas, se levantó, y se quedaron uno enfrente del otro. Ya no se sentía cansado, ni hambriento, ni sucio. Ya no tenía miedo, ya no oía los gritos y discusiones de su alrededor. Sólo veía a la persona que quería, y rodeándoles, el cielo. Nada más que cielo. Ella empezó una caricia que terminó en abrazo, y él empezó un susurro que terminó en... un beso. Entonces supo lo que sentiría cuando ganara esa guerra. Y supo...
- Tío, ¿qué coño haces? - Dijo Nai al tiempo que le zarandeaba el hombro - deja de chupetear el puñetero cristal y ven de una vez.
-¿Qué? - el pobre estaba, efectivamente, restregando su lengua como un caracol contra el cristal de la pared -. Vaya puta mierda de reino de soñadores y sus muertos - dijo, en voz baja, viendo que Izaskun ya no estaba en el salón, y que todos salían por la puerta sin esperarle. Se limitaría a seguirles, puesto que no sabía ni hacia donde iban, ni que iban a hacer allí. No se había enterado de nada por culpa de aquel extraño embrujo de la habitación. Estaba jodido, por el chasco, y por haber vuelto a la triste realidad. Todo el peso de la responsabilidad volvió a caer sobre sus hombros. Que putada.
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